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LA PEQUEÑA ESTRELLA

Ella no podía dormir. Reposaba boca abajo en su cama de una plaza y, desde allí, La pequeñaapreciaba los rayos luminosos que le prodigaba el cénit nocturno, cuya posición era ocupada por un cuerpo celeste estudiado por la selenografía, conocido como Luna. Los haces atravesaban la ventana, azulando la pequeña habitación. Ese efecto acuarela (en unas partes, de tono más oscuro que en otras) era más activante que soporífero. Realmente, tenía a sus ojos cautivos. Éstos estaban fijos en un espacio en especial, cercano al alféizar, puesto que su claridad resultaba lenta, pero progresivamente… ¡hasta que se convirtió en una diminuta centella permanente, en una estrella terrena!
La joven no pudo más que incorporarse súbitamente. Observó perpleja cómo el objeto destellante se aproximó aún más a la ventana cuando ella se sentó en la cama. Parecía esperar a que lo siguiera. Ella lo comprobó al levantarse del aposento y caminar cuidadosamente hacia la abertura, que daba a un amplio espacio verde: el punto luminiscente salió del cuarto y se proyectó –por así decirlo- en el césped, donde permaneció estático. Ella, entonces, fue hasta el lugar. Asombrosamente, la mínima estrella no se movió. Frente a esto, la chica se inclinó ¡y la asió! Ni siquiera logró contemplarla unos minutos, ya que, inmediatamente, la piedrecilla resplandeciente se elevó, llevándosela consigo a lo más alto de la bóveda celeste.
La estrellita fugaz ascendía a toda velocidad. Era tan pequeña, que, a lo lejos, sólo se veía su estela… ¡Es decir, la silueta de la joven, que pendía de ella! La muchacha sintió que se adentraron en una suerte de masa de agua. Acto seguido, el ascenso se detuvo. Ambas quedaron suspendidas en esa rara materia. La chica –que se hallaba en una posición bastante incómoda, con el brazo izquierdo levantado y entumecido- notó que ya no necesitaba la ayuda de la estrella para sostenerse, motivo por el cual la soltó, aunque no sin un atisbo de inquietud. Al hacerlo (lentamente), su brazo pudo palpar el material en el cual estaba suspensa: agua azul. El cielo era una oscura inmensidad acuosa. Los cuerpos celestes parecían peces fosforescentes.
La muchacha, mirando de vez en cuando a la pequeña centella que la había traído, comenzó a viajar por su cuenta… A nadar en ese océano insondable. ¿Cómo nadaba sin haber aprendido? ¿De qué manera respiraba, teniendo en cuenta que ni en el mar, ni en el espacio exterior hay aire? Ella no lo sabía. Sólo percibía lo nuevo, el optimismo, la belleza. Lo vivía mientras se trasladaba en busca del punto celeste más álgido; hacia lo más profundo del océano. Se movía como si verdaderamente estuviera en su elemento. ¡Y respiraba! Realmente, respiraba el olor de un gran porvenir y de la novedad sorpresiva e incesante.
Ella miró hacia atrás una vez más. Pero no vio en su lugar a la diminuta piedra brillante. Desde entonces, la traslación aminoraba su velocidad. Lo sideral, ahora, era magnánimo. Y en extremo sombrío. No se vería nada allí de no ser por sus titilantes peces…que, por otra parte, eran de tamaño reducido. Y sus aguas… ¿eran azules, realmente? ¿Por qué la muchacha se veía envuelta en líquida negritud? Todo el lugar evidenciaba movimiento, vida. También, una población de vacío.

 

La joven contemplaba el cielo de la noche desde la ventana de su recámara. En ese momento, la Luna  alumbraba la fachada de su casa. La chica estaba con los ojos absortos en los puntos estelares más recónditos. Su vuelta había ocurrido  hacía instantes. O habría, pues, ¿alguna vez se fue de allí? Ella, ahora, no podía creerlo. ¡Todo estaba tan tranquilo! Y lucía estático, inerte, real. Aunque, ahora que lo pensaba mejor, así se hallaba el paisaje durante su excursión extraterrenal. Excepto por la presencia de ese circulito lumínico. Un ínfimo y singular haz que provee viajes sencillos, maravillosos y renovadores, en una acción verdaderamente cruel.

 

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