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LA VIDA DE EBER*

Eber
Durante más de cuarenta años, Don Eber ha sido el propietario de un gran terreno que cimienta su vasta casa, caracterizada por su pintoresquismo… En realidad, solía haber en el lugar una edificación como la señalada, pero ha sido demolida para instalar allí tres o cuatro pequeños cuchitriles a fin de alquilarlos. Esto no le gustó nada al septuagenario Eber cuando apenas era una idea formulada ante él por sus parientes, herederos de sus pertenencias, quienes argumentaron que eso les sería más rentable que el negocio familiar textil, el cual favorecía más a la columna del haber que a la del debe. A él lo llevarían a vivir con uno de ellos y luego, velarían por hallar a alguien extraño que velara por él.

El anciano se negó rotundamente, enfatizando dicho rechazo con una faz llena de pliegues; y todavía más arrugada por su ceño fruncido. “Escúchenme bien lo que les voy a decir: ¡ni después de muerto me voy a ir de MI TE-RRI-TO-RIO!”, les respondió en esa oportunidad. Motivo por el cual, ahora que es el espíritu del hombre  que solía ser cuando vivía, continúa habitando en el área. Razón por la cual se ha propuesto expulsar a todo aquél que se atreva a ser inquilino en el lugar, así como hizo con los sucesivos y numerosos residentes que ha habido allí, hace ya varios años.  En esas épocas, se erigían allí sólo dos domicilios. No hacía mucho tiempo que se culminó la construcción del tercer asentamiento, donde ya moraba un  treintañero de aspecto caricaturesco: flacucho, serio, de grandes ojos y párpados caídos. Eber daba por hecho que ese joven correría la misma suerte que los ya aludidos.
Han transcurrido dos días desde que el joven hizo efectivo su inquilinato en la estrecha, precaria y desolada vivienda. Durante ese lapso, el alma del antiguo dueño de ese espacio físico había ejecutado algunos accionares en el interior a fin de espantar al mencionado muchacho. Para eso, dejaba señales que se intensificaban cada vez más. Primero, figuras antropomórficas y la palabra “Lihuen” que creó en el suelo y en las paredes, usando como materia prima la humedad. Seguidamente, volcó en hilera los diversos frascos de vidrio que contenían perfumes y cremas que se encontraban en el baño. Después, en las noches, hizo que Lihuen detectara pequeños destellos en la oscuridad de su habitación, análogos a los centelleos que fluyen de las luciérnagas. A posteriori, provocó un ambiente de frialdad inimaginable, que se contraponía totalmente al tórrido calor que reinaba en el exterior. A todo esto sumó los factores necesarios para generar sensación de inminencia, de que en cualquier momento advendrían los fantasmas.
Ninguno de estos indicios de ultratumba dio resultados satisfactorios, parecía que Lihuen los tomó como meras ocurrencias accidentales, casuales. Eber estaba fastidiado, ya que con las otras personas, esos simples procederes habían funcionado. No quería recurrir a la aparición espectral, ya que ésta demandaba esmeros titánicos y él no contaba con mucha fortaleza. El alma es energía motora, suficientemente férrea como para propulsar al difícil y pesado cuerpo humano; pero el alma de este anciano ahora era tan débil, que menos que fuerza, era como la reminiscencia nostálgica de un caballero que ha llevado toda una vida esforzándose ardua y orgullosamente.
Sin embargo, no halló otra alternativa; de su voluntad y sin saber cómo, extrajo la recarga energética requerida para ejercer el plan. Nada ni nadie ese apropiaría de su dominio territorial.
Restaban pocos minutos para las nueve de la mañana de la tercera jornada desde que Lihuen se mudó al nuevo domicilio. Eber ya ostentaba su morfología humana visible, ansioso por presentarse ante su víctima, quien se encontraba dentro de la morada. El espectro  estaba afuera, admirando el día, que le traía buenos augurios. La potencia de la luz solar era disminuida por el velo del humo que cubría toda la ciudad. Temperaturas altas, propias de la estación, conformaban el ambiente. Obviamente, eso anunciaba futuros y bruscos cambios negativos para seres vivos como Lihuen, los cuales Eber produciría en breve.
En la sala-comedor, sobre una mesa negra, había una caja mediana abierta, de la cual Lihuen extraía vasos y platos envueltos en papel periódico. Cuando hubo vaciado el contenedor, apartó las hojas de diario y se dispuso a guardar dicha vajilla en el aparador ubicado al lado del mueble mencionado. La puerta de la entrada –a tres pasos de la mesa- comenzó a abrirse lentamente, quedando entreabierta. El fantasma asomó la cabeza  y suspendió la mirada en el muchacho, quien trasladaba los productos de cocina con mucho desgano. Eber se quedó allí, observando, convencido de que el joven, en un instante, detendría su movimiento, lo notaría y miraría hacia la puerta. Pero eso no sucedió. Lihuen continuó con su tarea sin inmutarse hasta que la finalizó. Sin embargo, dejó como estaban las hojas de diario.
El espectro del septuagenario, decepcionado, resolvió irse para regresar en la jornada siguiente, pues el esfuerzo que tuvo que realizar para tornarse una aparición nítida le robó el aliento
Veinticuatro horas pasaron y así lo hizo. Esta vez, abrió la puerta de chapa lo más que pudo (pues detrás había un sofá de un cuerpo y a un paso, una caja con embalaje). Se quedó de pie, contemplando a Lihuen firmemente. Él estaba arrojando al suelo las páginas del periódico que habían quedado sobre la mesa el día anterior. Se sucedieron varios minutos; Eber se dijo a sí mismo que, seguramente, Lihuen ya se percató de su presencia, porque los muertos con ira impetuosa, indudablemente, eran perceptibles. Eber pereció y ahora se encontraba aterradoramente furioso, así que…
Evidentemente, ya había esperado bastante, por lo que ingresó al inmueble con gran determinación. Se quedó de pie justo detrás del ocupante, quien proseguía con la actividad indicada. De pronto, éste se dio media vuelta y Eber ya gozaba de su victoria. No obstante, se adelantó, ya que Lihuen le fue indiferente. Ni siquiera lo miró de reojo. Más bien, se dirigió hacia la caja que obstruía la plena apertura de la puerta delantera –la cual, de todas maneras, nunca se efectuaría por el escaso espacio físico que dejaban el moblaje y otras pertenencias. La cargó y se la llevó a la única alcoba que había.
Parecía ser que para tolerar las frustraciones, el señor sobrenatural necesitaba más energía que para volverse visible. Esto le condujo a postergar una vez más su plan hasta el día siguiente.
Una suerte de ráfaga hizo que la puerta metálica arremetiera contra el sofá de un cuerpo en la jornada ulterior. No era solamente el viento, era el hastiado asombrado, quien permaneció erguido en la entrada, completamente convencido de que esta vez se desharía del inaceptable habitante de esta pseudo-residencia. Éste se hallaba, nuevamente, cercano a la mesa, de espaldas a Eber; en esta oportunidad, barriendo los papeles de diario que había arrojado los días anteriores tras organizar sus pertenencias frágiles. Dado que el imbécil no respondía a su presencia, Eber se le aproximó velozmente hasta quedar a sólo un paso de distancia de él. Éste se dio media vuelta, y Eber ya esbozaba una sonrisa triunfal, cuando Lihuen posó la vista en el piso cerca de la puerta, y marchó hacia allá sin atender a la entidad espiritual. Llegó a ese punto y tomó el recogedor de basura. Lo usó para colocar allí los bollos de papel prensa impresos y cuando terminó, caminó hacia su habitación. Apoyó la escoba en la pared al lado del marco de la puerta, ubicó el recogedor en el piso e ingresó después en el dormitorio.
La ira de Eber por el trato que recibía por parte de ese muchacho insoportable que osaba vivir en SU hogar, desestabilizaba su resolución. No obstante, ese mismo debilitamiento en la voluntad tuvo tal injerencia en él, que no le permitió prolongar su objetivo para el otro día. Con una animosidad imperante, se trasladó al cuarto y se plantó en la entrada.
Lihuen reposaba sentado en el suelo, al final de la cama, con la cabeza levemente gacha. Eber se alegraba, pues al estar quieto, en una posición corporal tan desfavorable como para escapar, al chico le sería imposible (¡al fin!) ignorar el hecho de que el espíritu estaba allí y de todo lo que eso implicaba. Se mantuvo en el sitio, observando al mozo  penetrantemente. Eber era todo un espectro imponente; una figura alta y digna de una obra del tenebrismo. Pero no sería tal cosa si no fuera por el modo de mirar, al que apelaba con gran ahínco. En ese momento, su cara, en coincidencia con el resto de su cuerpo, era estática como la de una estatua. Los párpados inferiores y superiores estaban demasiado abiertos y no cumplían la función habitual que llevarían a cabo si pertenecieran a un individuo con vida: parpadear. Los ojos de iris ocre situados entre ellos excedían la longitud normal. Era un aparecido poderoso y horrible; tanto, que de esta manera, él no necesitaba nada más para doblegar a la víctima: ésta, si  lo mirara atentamente, cada instante transcurrido lo visibilizaría aún más escabroso y como portador de incontables e impiadosos maleficios; lo cual, en el mejor de los casos, la ahuyentaría.

 

Sin embargo, Lihuen no se alteraba. No se le movió un ápice jamás.

*Nueva versión de “El temor más temible”

 

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