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EVADIR LA FICCIÓN

Bicicleta
Hubo un día en que necesité subirme a la bicicleta atada a los barandales de la avenida Costanera, en Posadas[1]. Fue un día en el que salí espantada de mi casa rutinaria, toda empapada de ectoplasma, sombras y polvo de hadas.
Bajé las escaleras a todo dar, perseguida por los mágicos seres que a diario me envolvían con dichos residuos. Corrí desesperada cuesta abajo, pero ellos, al notar mis rápidos movimientos, me elevaron para que “viajara más cómoda”. ¡No podía ser! ¡Yo estaba cansada de que me malcriaran!Puesto que resultaba inútil seguir corriendo, aminoré el paso y, con un gran escozor en la garganta, dejé que me torturaran con sus espejismos cotidianos. Al fin y al cabo, era la última vez que los toleraría, ya que me dirigía hacia la bicicleta atada a los barandales de la Costanera. ¡Y ellos no me lo impedirían!Entonces, en el trayecto –que se tornó extenso- tuve que lidiar con una joven de ojos claros. Revoloteaba a mi alrededor, cantando una canción para celebrar que era joven, bella y viva; contrastando estos atributos con la lobreguez que me caracterizaba. ¡La verdad es que este ser parecía un temible holograma!También debí experimentar un ensordecedor remolino de temas musicales que siempre habían deleitado mis oídos, pero que ahora se unían a las líneas de las diversas novelas clásicas que he leído y a las numerosas nuevas digitales con las que me atracaba diariamente para ser más “luminosa”. Así, el torbellino de lenguajes daba vueltas en mi cabeza, no me permitía siquiera recordar una de sus frases citables.

Asimismo, a mi lado flotaba un muchacho que me clavó sus ojos. Aunque resultaba agradable, yo no lo podía tocar; sólo lo podía hacer aquella joven, la de mis pesadillas.

Mas, nada de todo esto era tan perturbador como la pequeña piedra que me golpeaba cada tanto, afectando gravemente mis músculos. Una piedrilla constante; la raíz de todos mis problemas y de toda esa fantasmagoría.

Ya me sentía somnolienta y con sed, cuando divisé la bicicleta querida. Volvieron a mí las energías robadas y comencé a correr a todo lo que daban mis cortas piernas.  Llegué hasta el barandal de la Costanera, desaté la bicicleta y la monté. Me fui muy lejos y, en el viaje, noté cómo los seres mágicos y sus residuos se desprendían -¡al fin!- de mi cuerpo. Se rendían ante lo que realmente era.

 [1] Provincia de Misiones, Argentina.
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