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CUESTA EL DESPERTAR

Despertar

    Cierta mañana, un joven se hallaba en una especie de pasillo de escuela, cuando oyó una potente voz, y bastante familiar para él. La misma anunciaba que el cementerio municipal de la capital de Misiones[1] se estaba reorganizando. Que reubicarían los cadáveres enterrados hace mucho tiempo en una suerte de nichera. Todo esto a los fines de obtener más espacio en el lugar, teniendo en cuenta que se trata de una necrópolis muy poblada, por así decirlo.

       El muchacho, al enterarse de la noticia, se inquietó, puesto que una considerable parte del terreno se extendía por el patio trasero de su casa; y no deseaba que el mismo fuera removido. Es que le temía a la potencial furia que suponía tamaña tarea provocaría a los muertos. Fue así que se acercó al portavoz de la mala nueva con el fin de pedirle que repitiera sus horrorosas palabras; y, de esa manera, corroborar la información. (Con el fervoroso anhelo de haber oído mal los dichos de su pariente). Infortunadamente para el solicitante, todo era cierto.

        Inclusive, su familiar se explayó en el tema, indicando que el reordenamiento estaba regulado por un decreto del año 1982, pero que, al parecer, las autoridades se habían dormido y habían decidido despertarse y encargarse del asunto recién ahora (año 20_ _).

     En el camino de regreso a su casa, el mozo se preparaba psicológicamente para el espantoso acontecimiento. Varios minutos pasaron; y el joven pudo lograr determinada calma. De manera que cuando arribó a su hogar vespertino, su espíritu ya no se encontraba perturbado. Pero poco le duró el sosiego: abrió cuidadosamente la puerta que daba al patio trasero para apreciar la quietud de las tumbas por última vez; ¡mas terminó descubriendo todos los sepulcros vacíos!

    Rápidamente, ingresó a la vivienda, cerró la puerta y se internó, con mucho temor, en su habitación. Al llegar la hora de acostarse a dormir, empezó a pensar en el problema, y a tener miedo; y a temer que el miedo trajera a su lado el objeto de su temor. Por ello, optó por no darle más vuelta a la cuestión y dormirse de una buena vez; considerando, además, que al otro día debía levantarse temprano para ir a trabajar.

   Durante la madrugada y en el otro cuarto de la casa, descansaba su abuela; mientras sus dos nietas –hermanas del muchacho-  estaban dispersas en la oscura sala, jugando. El joven se despertó al oírlas y se asustó, debido a que no quería que ellas abrieran la puerta del patio de atrás; y menos a esas horas. Además, no estaba seguro de que su abuela durmiera en realidad: a ella le encantaba mirar las estrellas en el patio trasero. Razón de más para estar sobre ascuas.

   Cuando el mozo iba  a levantarse “para poner todo en orden”, entraron a su habitación las dos pequeñas niñas. El joven, entonces, inquirió:

   -¿Y la abuela? ¿Está durmiendo?

   -Sí- le contestaron al unísono.

  El sueño pudo más que sus párpados. Cuando despertó, ya el sol invadía sus paredes. Rápidamente, el muchacho tomó su teléfono celular para ver la hora. Eran las 9:38.

   Enseguida, en la misma habitación (pero con menos luz diurna),  el mozo volvió a abrir los ojos. Buscó con la mirada a sus hermanitas, pero recordó luego que ellas ya no eran infantes;  hace tiempo habían abandonado el hogar para seguir sus propias vidas. Recordó que él vivía allí, solo. También se acordó de otro detalle: no era un hombre. Acto seguido, consultó el horario, ya más calmada, pero triste por su soledad. Eran las 6:37.

   Ese día, en realidad, la muchacha abrió los ojos a las 5:15.

[1] Argentina.

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