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LOS SALUDOS

    Ambos nos conocimos en una de las organizaciones que más frecuentábamos. Apenas nos vimos, nos dijimos inconscientemente que congeniaríamos más adelante. En efecto, ello pasó luego de años. El trato mutuo se volvió casi familiar, a causa de la frecuencia con que nos veíamos en el contexto mencionado.  De hecho, así era la relación que entablamos en ese espacio con la mayoría de los actores participantes. Si bien en la realidad teníamos domicilios muy apartados unos de los otros, allí formamos algo parecido a un vecindario antiguo. Un espacio en el que los vecinos no precisábamos golpear nuestras puertas por así decir, debido a que las manteníamos semi-abiertas. Eso sí, con una pequeña cadena.

  Particularmente, nosotros dos nos saludábamos con efusión; otras, yo llegaba con ínfulas de gran dama y no le hablaba, segura, además, de que él era tan bondadoso y comprensivo que no se sentiría dolido. Ya habría muchos otros días en que él intentaría acercarse nuevamente.

  La mayoría de las veces pasaba esto; otras, no. En dichas oportunidades, él arribaba serio, con sus hombros orgullosos, y no me miraba siquiera. Yo me empequeñecía, me sentía un diminuto y molesto bicho que no sabía dónde esconderse. Después, con el pasar de los días, nos volvíamos a saludar como si nada para que, a posteriori, las salutaciones –también conocidas como ritos de apertura- volvieran  a pasarse por alto y restablecerse, en un círculo que se reprodujo por años.

  Debido a lo último, yo me hallaba tan acostumbrada a que los sucesos entre los dos no variaran, que me asusté cuando, un buen día, él decidió cambiarlo para siempre, planteando salutaciones estables. Yo me dije: “No estoy preparada. Él lo va a entender”. Mientras, a él le contesté procurando restaurar, sin diferenciaciones, aquel círculo de cortesías y descortesías. ¡Cuánto me equivoqué!

  Me alejé, al ver que nuestro conocido rito ya no causaba en él el efecto esperado. Me fui lejos, por un largo tiempo, para aprender a romper esquemas. Me fui y hace poco he vuelto. Siento que soy la misma persona, pero con mayores conocimientos; y he regresado para extendérselos a él, para que varíe su perspectiva  respecto a mí. De esta forma, me dejaría formar parte, otra vez, de nuestro antiguo ritual.

  Quise decírselo hace unos días. Tuve que golpear su puerta con insistencia. Mas él prefirió mantenerla cerrada.

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