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LA LIBRERÍA

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Fotografía: Pixabay

   En la ciudad, todos estaban expectantes por la apertura de la nueva librería, que se anunciaba como la más grande, completa e inclusiva de todas. En la publicidad se indicaba que contaría con todos los insumos habidos y por haber a precios sumamente accesibles, permitiendo una mayor llegada al público. Por si fuera poco, tendría una biblioteca en la cual los clientes podrían estudiar, leer, escribir o dibujar. Su propietario, Tomás, era un hombre de mediana edad que, en sus buenas intenciones, deseaba que todos pudieran tener al alcance el mundo de las letras, el arte gráfico y la cultura en sí.

   Un buen día, se decidió a realizar la apertura, tras la gran inauguración que efectuó la jornada anterior. Para eso contrató a dos vendedores: Lorena, de unos 30 años; y Juan, cuya edad era indefinida, pero parecía estar cercana a los 45. La primera tenía cierta experiencia con la redacción, el estudio y las lecturas. A eso, se sumaba que era una mujer con determinación y sin tapujos a la hora de decir lo que pensaba. Por ello, a pesar de ser nueva en el trabajo, quería dar unos consejos a su jefe sobre los clientes.

   Ella no estaba de acuerdo con que todo el mundo accediera a la librería por igual: en su opinión, había que saber utilizar los útiles que allí se ofrecían y no todos podían hacerlo. Lorena, en este sentido, estaba muy influenciada por su tía docente, quien la ilustró en muchos temas concernientes a la escritura y las técnicas de estudio, las cuales no se podían hacer de cualquier forma, según postulaba.  Así se lo comunicó a Tomás el día de la apertura del negocio, pero él se mostró contrariado. Le dijo que no era un hombre selecto y, por lo contrario, creía que “excluir a la gente de la cultura es una cosa horrible”, le aclaró.

 Entonces, Lorena le insistió: “Si va a aceptar a todo el mundo, al menos déjeme introducirlos en el uso de estas herramientas. Y que Juan se encargue de la parte de dibujo artístico”. Pero Tomás le contestó que ellos no tenían nada que enseñar. Dejó en claro que su intención no era limitar las libertades de expresión y sed de conocimiento de sus clientes. “Y no se diga más”, quiso zanjar la discusión. Lejos de desistir, Lorena trató de convencer a su compañero Juan para que se uniera a la causa, mas este copió la actitud de su jefe respondiéndole: “No se diga más”.

  Cuando ingresó el primer cliente a la librería, un joven que recién conocía el mundo de la universidad, Tomás ordenó a Lorena atenderlo. El muchacho sacó varias fotocopias, compró resaltadores y se dispuso a estudiar en la biblioteca. Lorena, preocupada, manifestó: “Creo que ese chico no sabe resumir ni usar tamaño utensilio, y me parece que estamos a tiempo de salvarlo”. “¿Por qué dices eso?”, Tomás se cruzó de brazos y la observó con los ojos entreabiertos. “Porque según mi tía, nunca hay que subrayar todo el texto que se pretende estudiar o analizar, eso es como un pecado”, contestó Lorena. “Y eso es lo que creo que ese chico va a hacer”. Acto seguido, la empleada puso cara de espanto al ver lo que hacía el universitario: en efecto, subrayaba toda la página fotocopiada con el resaltador amarillo. Ante lo que ella consideraba una total falta de habilidad para tratar la bibliografía, pronunció en voz baja unas extrañas palabras. De repente, de las líneas fotocopiadas brotó una luminosidad enceguecedora, que irradió todo el lugar.

  Los presentes, menos Lorena, salieron de la librería aterrorizados. El joven estudiante huyó del lugar estrepitosamente, con la idea de no volver nunca más. “Si esto pasó con un simple resaltador, ¿qué podría pasar con una pluma que no se utilice para el tipo de tarea para la que fue creada? ¿Qué podría salir de su tinta? O de un cuaderno que se utilice para hacer un único borrador de un cuento que se publicará sin ser revisado más de una vez…”.

 Horrorizado, Tomás, secundado por Juan, le clamó ayuda a su empleada. “¿Qué podemos hacer? “¡No podemos dejar esto así, nadie querrá venir jamás!”, le suplicó. Entonces, Lorena le contestó que intentaría solucionar el problema de alguna manera y, así, su silueta se perdió en medio de tanta luz que, al rato, cesó.

 Cuando ya no vieron vestigios de esa luz fantasmal, Tomás y Juan se animaron a ingresar y acercarse al sector de la biblioteca, donde Lorena los esperaba, sonriente. “¿Qué hiciste?”, le interrogó Tomás, intrigado. La chica le respondió: “Lo que me pareció correcto: tomé un lápiz y la fotocopia; luego, subrayé solo las palabras clave y sus definiciones; excluyendo lo que no creí pertinente, como los ejemplos. Esa es una técnica de estudio eficaz y no cualquiera puede hacerla”.

  Tras el fantástico y terrorífico hecho, Tomás prefirió no volver a contradecir a Lorena, y le permitió enseñar a su clientela, siempre y cuando no se le negara la entrada a nadie.

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