Inicio » Cuentos » LOS COLORES DEL AMANECER

LOS COLORES DEL AMANECER

Imagen extraída de Pixabay

Era la hora de la siesta en un barrio de pequeñas casas estándar creadas para familias con trabajo estable. Iris apareció en el jardín delantero de su hogar y fijó la oscura vista en la vivienda de los vecinos que se habían mudado antes que ella. La niña, de 10 años y siempre sonriente, observó el patio lindero de tierra roja desteñida por la sequía y, luego, descubrió que al lado vivía un niño castaño claro que parecía de su edad. Debido a que la ventana carecía de cortinas, lo vio sentado en la sala-comedor, donde dibujaba sobre una lámina de papel sujeta por alfileres en un pizarrón móvil que hacía de caballete. El joven creaba encorvado y con el ceño fruncido.

Él era Matías, quien se disponía cada tarde a dibujar paisajes urbanos y personas con lápiz negro y carbonilla aprovechando la ausencia de sus padres que lo dejaban para ir al trabajo. Los dibujos los guardaba en su cuarto de dormir, donde no entraba nadie desde hacía mucho tiempo. Empapelaba las paredes de imágenes similares a fotografías con poca definición de nitidez y sin profundidad de campo o a xilografías remarcadas; todas, en blanco y negro. Allí, noche a noche, soñaba que dibujaba un lugar boscoso y gris donde un hombre, de espaldas, hacía esfuerzos para levantar innumerables cascotes. A veces, este ser tenía hambre, entonces, del lápiz del artista salía comida que, cuando el hombre probaba, era Matías quien sentía el gusto. Un sabor que le recordaba a los crayones de cera que usaba en jardín de infantes.

Por el rabillo del ojo, Matías vio un movimiento afuera. Despegó su vista ocre del papel para captar a una niña que, aparentemente, era la nueva vecina. Un calor subió por su rostro porque, según sus papás, había un rumor de que la gente de al lado se mudaría recién al día siguiente. Fue a cerrar las ventanas de inmediato, pero se detuvo al ver que ella estaba haciendo lo mismo que él: dibujando en una suerte de atril. Solo que su estudio era el patio delantero y su iluminación era natural. El brazo de Iris era un colibrí cuando trazaba y pintaba con acuarelas un amanecer neblinoso sobre un río marrón rojizo que representaba al Paraná. Pronto, se cansó y corrió adentro de su casa, dejando el dibujo afuera.

El ritual de los padres de Matías para salir al trabajo se vio interrumpido la mañana siguiente, cuando atisbaron una hoja de papel sobre la mesa. Una especie de lienzo en el que se plasmó con lápiz negro la imagen de un hombre de espaldas en un paisaje forestal grisáceo. Sus pies, rodeados por escombros. Sus manos arrojaban al cielo una de esas enormes piedras, y de ella se desprendía una estela arcoíris.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s