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OTRO CAMINO

 

Imagen tomada de Pixabay

“Por ahora, quedémonos en casa y después nos pondremos en contacto”. Tras la llegada de la pandemia, este fue el mensaje telefónico que recibió Mariela de parte de sus ahora exsuperiores. Primero, le designaron el famoso home office o trabajo desde casa, que incluía redactar y enviar escritos periodísticos por medio de correo electrónico. En tres horas diarias, redactaba seis notas, excepto los domingos. Hasta que le dijeron que cesara y que le avisarían si había alguna novedad. No volvió a recibir llamadas.

Ahora, a la treintañera le temblaban las manos cada vez que tenía que sacar de sus ahorros para pagar el alquiler de la casa. “Y aquí estoy, perdiendo el tiempo porque desde que llegó la pandemia no pude siquiera ir a buscar otro trabajo. Pero me vino de maravilla porque me terminé de derrumbar a mis anchas”, escribió Mariela en su diario, en el cual se expresaba cada tres días.

En el trabajo, ella no sentía cosquillas en la garganta ni en la nariz. Pero al decretarse la emergencia sanitaria mundial, cada hora hogareña era inaugurada con un estornudo. En el periódico, cuando la contrataron, dejaron de sonar los teléfonos por quejas sobre los errores ortográficos, que Mariela detectaba en cualquier ordenador con el que le tocara trabajar. Ahora, sus ojos ya no se sumergían tan de seguido a la pantalla de la computadora de su habitación, aun así aparecieron de la nada unas venas rojas y una resequedad que la obligó a comenzar a echar agua en ellos.

En el medio de comunicación, los compañeros eran propaladoras de noticias policiales y de incidencia planetaria; mas a Mariela le resultaba lo más natural del mundo. No obstante, en su domicilio, encendía la televisión y se sentaba a escuchar las palabras virus, bicho, vacuna, hasta el punto de tomar el control remoto y presionar con la uña el botón de apagado. Cuando había tiempos muertos en el diario, Mariela pedía realizar una actividad extra como limpiar. Ahora, en su hogar, un dolor en su espalda y la lentitud la llevaban a demorar toda una tarde para asear. Mientras tanto, escuchaba la radio que transmitía la alegría de los locutores, y recordaba que no salía a buscar trabajo porque sentía un calor extremo al hacerlo y no quería que la vieran los vecinos, quienes opinaban acerca de su situación laboral.

Mariela desistió de buscar empleo por esto y porque la gente, a sus ojos, ya no era tal, sino robots. Ya casi no salía porque el cuerpo le dolía al caminar por calles angostas, de cemento y grises. Vacías, o con transeúntes que conectaban sus ojos en sus teléfonos celulares. Creía que nada le pertenecía, que sus pasos usurpaban la vía pública. Que no había lugar para ella. Por eso, una tarde decidió tomar una ruta diferente hacia el supermercado que todavía tenía precios accesibles. Fue cuando vio a un hombre calentando sobras de comida en un espacio verde.

Ese día, la tinta de su pluma comenzó a fluir en el diario íntimo. Escribió: “Es en esas adversidades cuando comienza a nacer la oportunidad a la que tenemos todo el derecho del mundo, derecho que nos dio nuestro Creador. Nada puede contra eso, y ya se empieza a  vislumbrar no una salida, sino una apertura a la misma vida; no una nueva, sino el retomar y mejorar. No un borrón y cuenta nueva, no un nuevo camino, porque caminos hay muchos; lo que no hay, al parecer, son caminantes o los hay pero todos van por los mismos lugares”.

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