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Periociudad (III): Al rescate de la cultura y la vegetación de un barrio tradicional

Ella caminaba en el interior del edificio de un periódico. Era de noche. Comenzó a subir las escaleras sujetando el barandal y tanteando la pared porque no había luz. El miedo se comenzó a apoderar de ella pues no veía nada, aunque alcanzó a atisbar un destello en el piso donde estaba la sala de redacción. Al llegar, halló dos pequeñas luces amarillas que recorrían juntas el lugar oscuro. La periodista, de unos 20 años, se puso contenta. De repente, apareció en la puerta un hombre pelirrojo, demasiado alto, que llegó al medio de la sala en solo dos pasos. Le llevaba al menos una década de edad. Se aproximó a la chica, a la que le sobrevolaban esas pequeñas luces, que resultaron ser dos luciérnagas. En un frasco de vidrio, el mozo encerró a los insectos. La luminosidad de estos se desplegó en contrapicado sobre sus pequeños ojos verdes. Las sombras no cubrieron su sonrisa pero oscurecieron su frente.  

Rebeca abrió los ojos marrones y se quitó de encima los cabellos oscuros. Se quedó un rato pensando en el sueño. La joven era ella, el lugar era el trabajo en el que ingresó hacía unas semanas. Se trataba de Periociudad, el periódico más importante de la ciudad. (Mejor dicho, el único). Y el hombre que atrapó las luciérnagas era Omar, su colega. Era hijo de su jefa Valeria “y le caigo mal desde el primer día”, pensó. Esas luciérnagas, ¿qué eran? Rebeca miró el reloj despertador. Todavía faltaban dos horas para levantarse e ir al trabajo. “Hoy es lunes y tengo que pensar en un tema para el suplemento. Veremos cuál puedo elegir”, pensó mientras se colocaba de costado y cerraba los ojos.

La muchacha se refería al suplemento Periociudad Cultural que se publicaba los domingos, para el cual redactaba historias de vida, crónicas, entrevistas, entre otros tipos de textos. Los demás días se dedicaba a notas más breves, de información general, y a adaptar las gacetillas de prensa que Omar no quería siquiera titular, siendo su único trabajo en el medio. “¿De qué me había hablado Adelaida después de que la entrevisté? Me había preguntado si conozco al Isondú, que es una leyenda guaraní. Creo que comentó que es un bicho de luz y que Graciela, una periodista, está haciendo un trabajo sobre eso”, se dijo internamente. Adelaida era la presidenta de la comisión directiva del centro de jubilados de un conocido barrio de la ciudad, a quien ella había entrevistado recientemente. “Si es una leyenda, forma parte de la cultura local. Creo que ya tengo un tema para investigar”.

—Graciela. ¡Mucho gusto en conocerte! Me dijo Adelaida que sos estudiante de periodismo —se presentó Rebeca y la saludó con un beso en cada mejilla.

—¡Mucho gusto también! En realidad, abandoné la carrera —la joven de abundantes rulos marrones agachó la mirada. —Ahora estoy estudiando Letras, pero estoy haciendo un trabajo periodístico para ayudar a alguien a solucionar su problema.

“Así que vos sos de Periociudad, el único diario de la ciudad. Disculpá que te haya citado en la plaza, lo que pasa es que no quiero que en casa mis papás nos oigan, me van a tildar de loca. Y probablemente, vos también después de que te diga de qué trata el trabajo.

—¿Por qué pensaría eso? Bueno, como te dije cuando te llamé: me gustaría que me contaras de qué trata tu trabajo porque estoy buscando un tema para abordar en el suplemento cultural de la próxima semana y me llamó la atención tu idea —explicó Rebeca. Ambas se sentaron en un banco de madera de la mencionada plaza que se hallaba frente a un pequeño bosque. —Si tiene características periodísticas me gustaría entrevistarte o, si ya empezaste a redactar, puedo colaborar y publicar el texto en el suplemento.

—Justo es lo que necesito, es atención de los medios, pero no es fácil. La cuestión es que yo puedo comunicarme con el Isondú. Él es un ser sobrenatural, vive allá —señaló el monte. —Él necesita ayuda porque se está quedando sin hogar. Si ves, todo se está urbanizando y él, que antes andaba como quería en la naturaleza junto con otros seres, cuidándola; ahora se quedó confinado ahí. Si se destruye lo que queda de ese monte, él también va a morir. Ya ves que en esta ciudad prácticamente no hay vegetación.

—Entiendo. —Rebeca dirigió la mirada al monte. —¿Cómo hablás con él?

—No es sencillo. Y ese es el problema, solamente yo puedo. Él no habla en realidad, solo muestra imágenes en mi mente. Por eso me decidí a ayudarlo, a hablar con esas personas que él me mostró. Necesito reunir testimonios de quienes lo hayan visto y también de alguien “importante” para armar una nota bien fundamentada y publicarla. Con eso, busco evitar que sigan con el desmonte en esa zona, que es algo que nos va a perjudicar a todos, al fin y al cabo.

—¿Y ya pudiste hablar con alguien que haya tenido una experiencia con este ser?

—Claro, Adelaida y otros vecinos me ofrecieron ayuda pero todavía tengo que organizar el tema de las fuentes. Si es posible que publiques la nota una vez terminada, sería de una acción inmensa, sobre todo porque trabajás en un medio muy importante.

—Si me permitís, a mí me gustaría que la escribamos entre las dos. Tendremos un reportaje en menos de una semana.

Era lunes por la noche. Rebeca había vuelto de la redacción hacía un par de horas. La joven anotaba en su cuaderno con vestigios de humedad un esquema del procedimiento para obtener las fuentes. Estaba en su sala comedor cuando oyó que alguien golpeó la puerta: era Graciela. Luego de recibirla, le dijo:

—Creo que tenemos que hablar con por lo menos tres personas que hayan visto al Isondú. También necesitamos un punto de vista más objetivo por así decirlo para dar credibilidad a la nota. Un historiador, folclorista, un representante de la comunidad guaraní o investigador que conozca la leyenda. Esa información será suficiente.

—Bueno, me reuní con un nieto de Marta, la profesora que da clases gratis en lugares carenciados. Me dijo que su abuela estará encantada de hablar con nosotras. Ella vio al Isondú cuando era pequeña.

—¿La profesora Marta? ¡Ella es muy conocida! Sin dudas solo bastaría su palabra para dar credibilidad a una nota, salvo porque esto es un reportaje, tenemos como dos páginas que llenar.

—Además, acabo de estar en el monte y el Isondú también me mostró los rostros de Christian, el de la agrupación política; y Fiorella, la deportista.

—¡Christian y Fiorella! ¡Increíble! Tenemos que lograr que cuenten lo que vieron. Por suerte, ya empezamos bien, porque Marta se mostró predispuesta.

—Hay un problema. Tuve que mentirle y decirle que solo estamos haciendo un trabajo académico. Omití lo de la publicación.

—Entiendo. Bueno, no te preocupes. Ya buscaremos la forma de convencer a todos de la importancia de la publicación.

—Y otro problema que se nos podría presentar es la prueba visual. ¿Qué tal si nos piden fotos o videos? Tengo algunas fotos de mala calidad, pero no pude hacer videos ya que el Isondú no aparece cuando enciendo la cámara del teléfono.

—Guardá bien esas imágenes. Aunque no creo que las necesitemos, solo bastará con fotos de los entrevistados y del monte. Yo tengo un problema mayor: convencer a mi jefa de que nos deje publicar sobre este tema. Mañana hablaré con ella.

—Mirá, Rebeca. Si de verdad lográs que todas esas personas hablen con ustedes, perfecto —se sorprendió Valeria, quien estaba en su oficina junto con Omar. Este había ingresado al lugar para hablar con su madre y se quedó escuchando la conversación. Los dos miraban a la joven con los mismos ojos verdes. La una, boquiabierta; el otro, con una ceja levantada y una sonrisa tirante.

—Imagináte, Omar. Cómo se va a reír la gente de Christian —le dijo Valeria. —Lo que pasa es que, si no lo sabías, Rebeca, Periociudad tiene una ideología contraria a la de la agrupación de Christian. Él es candidato este año y tu trabajo nos puede venir como anillo al dedo porque la gente va a ver que al incluirlo, somos pluralistas; pero a la vez él va a quedar como un ridículo al decir que vio a ese ser sobrenatural. Y ni siquiera vas a tener que opinar para eso, solo dando información objetiva.

—Entonces, con su permiso. Voy a empezar a buscar las entrevistas.

—Pero vamos a necesitar fotos. Sí o sí. Me dijiste que, según tu amiga, el Isondú solo sale de noche. Entonces vas a tener que ir al monte de noche con la fotógrafa. ¿Vas a poder? Sé que no es tu horario.

—Por supuesto.

Esa mañana, Graciela y Rebeca se dividieron el trabajo. Habían acordado que aquella entrevistaría a los tres personajes nombrados; mientras que Rebeca se encargó de hablar con otros dos vecinos desconocidos con la idea de reservar la información por si hiciera falta, y con una historiadora.

—¿Estás esperando a la fotógrafa? —dijo Omar a Rebeca, que estaba sentada en su escritorio desde hacía una hora. Eran las 19:30. Él ingresó a la sala de redacción para buscar algo y notó que la joven movía las piernas.

—Sí, quedamos en ir al monte para tratar de fotografiar al Isondú —contestó.

El hombre, en el momento en que Valeria le habló tan bien de la nueva periodista, se propuso obstaculizar el trabajo de su compañera, pues no quería que sobresaliera. De hecho, hace unos días Rebeca tenía que presentar una historia de vida, de modo que Omar aprovechó la ocasión para intentar hacerle quedar mal parada frente a la jefa. Para ello, le aconsejó que entrevistara a Joaquín, un caballero cuya palabra, en realidad, no era bienvenida en Periociudad. La intención era que Rebeca no se enterara sino hasta que estuviera a punto de publicar su texto, momento en que Valeria lo vería y lo suspendería. Pero la muchacha ya había aprendido la lección de no confiar en Omar porque unos colegas le habían advertido sobre su forma de actuar. Así, antes de hablar con Joaquín, ella averiguó de quién se trataba y descubrió la trampa.

“Ni siquiera estando nerviosa borra esa sonrisita de robot”, pensó Omar. “A ver si con esto se la arruino”.

—La fotógrafa no va a salir con vos. Justo tengo que cubrir un incendio en una fábrica de la otra ciudad y ella viene conmigo.

—Pero… Valeria me pidió esas fotos. Entonces, ¿tengo que ir con otro fotógrafo?

—¿Otro fotógrafo? — preguntó Omar y luego rio. —No hay tanto presupuesto para eso.

—Entonces será otra noche. Todavía me quedan cuatro días. Ya conseguí las entrevistas necesarias, solo me faltan esas fotos.

 —El resto de la semana, la fotógrafa va a estar ocupada con los demás periodistas, no sos la única. Aparte, ya la llevaste esta mañana, ¿por qué no aprovechaste la oportunidad para registrar al supuesto fantasma? Me corrijo, al personaje sobrenatural ese.

—Es que necesitaba fotos de los entrevistados, pero también hay que fotografiar al Isondú y él sólo saldría de noche. De hecho, usted estuvo cuando Valeria me pidió que fuéramos en horario nocturno. ¿No hay forma de que ella vaya conmigo?

—Bueno, pues ahora surgió un imprevisto. Ya deberías saber que así es el periodismo. A ver cómo lo solucionás, siendo tan profesional. Solamente podés contar con la fotógrafa una vez más esta semana porque está muy solicitada. Y de día, no de noche, linda.

Cuando Omar y la fotógrafa llegaron a la localidad lejana donde se dirigían, la mencionada fábrica se hallaba intacta. La muchacha observó la fachada, a la gente caminando por la zona y luego miró al periodista.

—No puede ser. La llamada que recibí era una broma, entonces —le dijo Omar. —¡Cómo nos hacen perder el tiempo! Encima, el viaje de vuelta es de dos horas. ¡Qué pena! Te perdiste de fotografiar al Isondú.

Una figura negra emergía del suelo repleto de hojas secas y raíces enrevesadas. A pesar de la oscuridad, se la podía divisar porque estaba iluminada por sus propios ojos. Sobre la imagen estática se posó un dedo, que la deslizó para dar lugar a más imágenes similares, pero tomadas desde distintas distancias y ángulos. Eran fotografías que Rebeca miraba en el teléfono celular de Graciela. Se había encontrado con ella unos minutos antes de ingresar al periódico el miércoles por la mañana.

—Menos mal que las guardaste. Al final las vamos a tener que utilizar —dijo mientras miraba la pantalla, que magnetizó sus ojos.

—Hoy te las voy a enviar al correo de Periociudad. Pero te quiero contar algo. Me enteré de que la semana que viene van a empezar a talar el monte porque quieren hacer un parque ahí. ¡Ay, Rebeca! Estoy muy preocupada.

—¡Eso no puede pasar! Pero quedáte tranquila, la publicación en Periociudad Cultural ayudará en esta causa, estoy segura.

—Rebeca, las fotos que enviaste no sirven, son de mala calidad. La idea del reportaje es genial, pero no basta con eso. No te preocupes, vamos a publicarlo la próxima vez, reservar a la fotógrafa para una noche de la semana que viene, pura y exclusivamente para vos —dijo Valeria.

—Disculpe, siendo así, ¿no podemos usar las demás fotos que sacó la fotógrafa y publicarlo el domingo? La semana que viene comenzarán a talar el monte para construir un parque, y la idea es dar a conocer el problema para que eso no pase.

—Lo lamento, en esta situación, lo único que podemos hacer es guardar el trabajo, pero no para este domingo, sino para el próximo —reiteró. —Eso quiere decir que volvés a cero: vas a tener que trabajar en otro tema. Hablá con Omar para coordinar porque yo voy a viajar por estos días. Él te va a decir qué asunto hace falta tratar.

En los sucesivos días, Rebeca se encargó de buscar un tema por sí misma y de investigarlo lo más rápido posible. Tuvo que hacerlo, ya que Omar le dijo que esperara a que se le ocurriera alguno, que estaba muy ocupado. Ella intentó varias veces conversar  con él pero el periodista no hacía más que ponerle excusas. Y la chica evitó exponerse a perder el tiempo. El viernes, cuando ya tenía prácticamente todo armado, se le acercó Omar.

 —¡Rebeca, te tenía que dar el tema para el reportaje! Pobrecita, encima que hacés todo antes de tiempo, ahora estás atrasadísima. Todavía te queda hoy y mañana. La idea era que trabajaras sobre talleres escolares, porque algunas notas que hicieron los otros periodistas para el suplemento están relacionadas con eso. Y si no confiás en mi palabra, preguntá a tus compañeritos como tenés por costumbre hacer.

—Ya les pregunté para guiarme, y pude hacer un reportaje similar al que usted me está planteando. En este caso, sobre las tareas que realizan tres docentes para alfabetizar en una escuela de escasos recursos. Todo eso se realiza gracias a la profesora Marta, de la que ya le hablé, pero seguramente usted sabe de ella. Es muy conocido su trabajo altruista en la provincia.

—Primero, ya te dije una vez que no me trates de usted. No soy un viejo.

—Es una cuestión de respeto.

—Segundo. Valeria me dejó a cargo de lo tuyo a mí, así que vos tenés que hacer lo que te diga. Este trabajo es así, niña.

—El tema es, prácticamente, el mismo. Y con gusto hubiera trabajado sobre los talleres escolares, pero estuve buscándolo a usted y no recibí respuestas.

“Esta sonrisita de robot le habrá ido con el chisme a los otros y se puede enterar Valeria”, pensó Omar. “Voy a tener que ceder. Pero no se la voy a poner fácil”.

—Vamos a hacer una cosa. Armá una nota breve sobre los talleres. Ya no hay tiempo para salir a la calle, así que buscá la forma de obtener información. Y cuando la tengas hecha, vamos a publicarla junto con el reportaje sobre la alfabetización en las escuelas que ya hiciste.

El domingo por la tarde, día de franco, Rebeca hojeaba el suplemento cultural mientras tomaba el mate en su casa. Un leve suspiro se le escapó cuando vio publicado el reportaje sobre la alfabetización, que Omar recortó considerablemente para usar el espacio y agrandar la fotografía de la nota sobre los talleres escolares. Para hacer este segundo texto, Rebeca consiguió grabaciones de entrevistas y fotos que le entregó una colega. Esta tenía guardada la información de hacía tiempo atrás, la cual nunca utilizó porque siempre había otros hechos que el medio consideraba de mayor relevancia.

De repente, alguien golpeó la puerta de enfrente y, del susto, a la joven se le cayó un poco de yerba y agua caliente sobre el periódico.

Graciela había pasado a visitarla. Cuando Rebeca abrió la puerta, la primera agrandó los ojos al ver el aspecto de la segunda. La encontró más delgada y con ojeras.

—Contáme cómo te fue con el reportaje del Isondú. No pude hablar antes con vos, no tuve tiempo —Rebeca le cebó un mate a Graciela en la sala comedor. Ambas estaban sentadas alrededor de la mesa.

—Me imagino. La verdad es que si no hubiera sido por tu colaboración, no habría podido ayudar al Isondú. Gracias a que me recomendaste con tu conocida de la redacción de la otra ciudad, se publicó el reportaje y hoy mismo se paró el proyecto de plaza que querían hacer en el monte. Solamente que tuve que recortar la parte en la que hablaba la historiadora que entrevistaste y la cambié por la palabra de un estudiante de Biología sobre las consecuencias de la tala y la urbanización desmedida.

—¡Me alegro mucho! ¡Es una gran noticia para mí!

—¿Estás bien? Te noto cansada.

Rebeca amplió su sonrisa.

—Mucho trabajo.

—¿Qué pasó con el suplemento de hoy, pudiste hacer otro reportaje?

—Bueno, mirá.  —Rebeca le mostró el ejemplar manchado de verde. Señaló los textos. —Tuve que hacer dos esta semana.

—¿Qué? No, mejor dicho, tres. Contando con el del Isondú. Más todo lo que escribís todos los días. ¿Y te pagan lo suficiente?

—No hago esto solo por la plata.

—O sea, me estás diciendo que te van a pagar mucho menos de lo que vale tu sobreesfuerzo. Disculpáme que me meta. Es que no me gustan las injusticias. Por eso dejé la carrera de periodismo: supe que la paga era poca por mucho trabajo.

—Sin embargo, recurriste a él para denunciar una injusticia.

Graciela abrió la boca para contestar. Luego, la cerró, arrugando los labios.

—No te ofendas. No lo dije con mala intención —se disculpó Rebeca.

—No pasa nada. Y gracias nuevamente por ayudarme, por escuchar sin prejuicios la historia del Isondú. Acá tenés una nueva amiga.

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