VELOCIDAD

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Un día, me desperté y tuve que renunciar a entender a la gente. Mientras yo hablaba como era habitual en mí, llenando cada espacio de cinco minutos con una gran cantidad de palabras (inspirando, empleando muletillas, repitiendo todo), las personas comenzaron a vivir rápidamente. Esto las llevó a hablar igual de veloz, y en esa misma cantidad de tiempo propalaban el doble de palabras, tan presurosas, que sus voces parecían de ratones de películas animadas.

Por las calles y avenidas, la multitud pasaba como hormigas a la velocidad de la luz. Quería obtener una prueba y me dispuse a fotografiarla. Y a las fotos, ¿qué les pasó? Salían borrosas. Estampidas pisaban a quienes no podían seguir el ritmo. A mí no porque yo miraba todo desde la vereda. Allí también había otros observadores, pero con la diferencia de que, desde su lugar, podían igualar los movimientos de los corredores mientras los estudiaban. Incluso, había quienes a ratos eran corredores y a ratos, analizadores. Y había quienes, como yo, solo podían hacer una tarea: observar. Y encima la hacían mal porque no se querían involucrar en la novedad.

Era insoportable: todos se iban volando. ¿A dónde irían así? Yo no podía. Y tampoco puedo. Yo, lo único que puedo hacer, es quedarme y seguir sus rutas, tratar de comprenderlos y caminar detrás de ellos para llegar varios años más tarde.

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¡Buen día, queridos seguidores! Después de tanto tiempo, regreso con una novedad no tan reciente… Una recopilación de los cinco cuentos y relatos que fui publicando por aquí sobre la pandemia. Para ser más precisa, estas historias están basadas en mis vivencias durante la cuarentena del 2020 y que recién este año he podido dimensionar.

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RECORTES

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Los hermanos Clara y Guido se dispusieron a viajar en colectivo en plena pandemia para cumplir con un encargo de su madre. En su región, se encontraban en la etapa de libre circulación, siempre y cuando se siguieran las medidas sanitarias impuestas para controlar el virus. Después de tantos meses de no utilizar los autobuses, subieron a uno casi trastabillando y se rociaron las manos con alcohol de la botella que pendía al lado del asiento del chofer. Observaron que antes de la llegada del virus, la unidad se llenaba de pasajeros, muchos de los cuales viajaban parados; pero ahora, la gente solo podía ir en el autobús si encontraba un asiento disponible. En el momento en que se dirigían a los asientos de atrás, ambos se fijaron en una mujer de sobretodo marrón que miraba por la ventanilla de uno de los asientos individuales.

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ESCUCHAR

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Su vida era jugar afuera de casa con los demás chicos de 12 años. Eso, o hablar con su padre por teléfono celular. Bueno, en realidad, escuchar los mensajes de voz que le enviaba mediante la aplicación WhatsApp. Por pedido expreso del familiar, alejado hace tiempo tras la separación, Mauro no le contaba nada a su madre ni a su abuela, con quienes vivía. Ellas tampoco se daban cuenta porque la primera, Rosana, trabajaba todo el día como maestra de guardería; mientras que su abuela, María, era una mujer que gustaba de dedicar su tiempo de jubilada a actividades sociales en el centro de adultos mayores del que era socia; y de visitar amistades, cuando no viajaba. En su tiempo, fue portera de escuelas.

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RADIOGRAFÍA

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Se asusta el doctor cuando le realizo las consabidas consultas. “Vamos a hacer una radiografía de tórax”, me dice. Entonces, me asusto yo al pensar qué caro me saldría. Luego de pagar el estudio a la secretaria, que resulta ser barato, me dirijo en colectivo al otro nosocomio donde realizan dicho tipo de imágenes médicas. El cubrebocas azul me queda grande y tengo que tocarlo todo el tiempo para acomodarlo en mi rostro. Está húmedo; es que afuera comenzó a llover y yo apenas le presté atención, tan sumida en la pena me hallo.

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MOVIMIENTO

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¿Cómo les ha ido durante la cuarentena? Quiero contarles el ejemplo de una mujer que conozco desde hace años. Se trata de Débora, la vecina de enfrente, con una edad cercana a los 60. Hablo de ella porque siempre fue una mujer trabajadora, incansable, alegre. De esas gentes que uno piensa jamás se va a derrumbar. Qué digo derrumbar, mejor dicho, que uno ni siquiera se le cruza por la cabeza que algún día se van a debilitar, tan de acero se les ve.

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OTRO CAMINO

 

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“Por ahora, quedémonos en casa y después nos pondremos en contacto”. Tras la llegada de la pandemia, este fue el mensaje telefónico que recibió Mariela de parte de sus ahora exsuperiores. Primero, le designaron el famoso home office o trabajo desde casa, que incluía redactar y enviar escritos periodísticos por medio de correo electrónico. En tres horas diarias, redactaba seis notas, excepto los domingos. Hasta que le dijeron que cesara y que le avisarían si había alguna novedad. No volvió a recibir llamadas.

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LOS COLORES DEL AMANECER

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Era la hora de la siesta en un barrio de pequeñas casas estándar creadas para familias con trabajo estable. Iris apareció en el jardín delantero de su hogar y fijó la oscura vista en la vivienda de los vecinos que se habían mudado antes que ella. La niña, de 10 años y siempre sonriente, observó el patio lindero de tierra roja desteñida por la sequía y, luego, descubrió que al lado vivía un niño castaño claro que parecía de su edad. Debido a que la ventana carecía de cortinas, lo vio sentado en la sala-comedor, donde dibujaba sobre una lámina de papel sujeta por alfileres en un pizarrón móvil que hacía de caballete. El joven creaba encorvado y con el ceño fruncido.

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NO HAY PEOR SUFRIENTE

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Ella es lo negativo con ribetes de sonrisas. Es enfermedad con asomos de salud. Es ganas de fastidiarme la vida pero con miedo de que me queje. Su odio aumenta cuando no digo nada, y ella tampoco puede quejarse de la no queja. (Le dirían loca). Es comentarios indirectos que lanza, con tan mala suerte, que los siento como papeles que ella me arroja y no como las piedras que quiere que sean.

¿Qué misterio la cubre? ¿Qué enigma envuelve sus ojos? Ojos que sufren, pero a los que todavía les queda espacio para “ojear”, para maldecir.

Ella, con sus micromaldades, me pide ayuda. Reclama mi presencia, pero cuando estoy, se esconde. Y me miente, pero yo nunca voy a dejar de creerle. Ella sufre, pero no quiere dejarlo.

Ella se irá nuevamente. Pero siempre retornarán los ecos de su sufrir en mis pesadillas, donde aparecerá angustiada, adolorida… desvanecida. Donde mis palabras son solamente un eco.

No hay peor sufriente que el que se queja, no quiere ser ayudado y se enoja si logra la empatía.

TRINOS DE MISIONES

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Cecilia era una posadeña de 18 años con una voz de cantora, ligera como la de los pájaros de la tierra roja, que es como se conoce al lugar donde ella se crio. Desde pequeña, su sueño mejor era llegar a cantar en el Festival Nacional del Litoral y del Mercosur, ese escenario en la ciudad de Posadas al que sus padres la llevaban para ver y escuchar a los mayores exponentes del folclore de su provincia y del país. Cada vez que estaba en el anfiteatro Manuel Antonio Ramírez, de cara al río, sentía que, si participaba en el festival que allí se desarrollaba, su vida estaría completa y no importaría nada más después de eso. Ella tenía una voz aguda, una mente hábil para las letras y un oído variado que se deleitaba con el canto de los pájaros autóctonos. Quería hacer un disco entero de canciones y melodías inspiradas en los sonidos característicos que emitían. La moza era afecta al avistamiento de aves y trataba de visitar todas las reservas naturales de Misiones (Argentina), donde pasaba varias de las mejores horas de su vida. Ella quería, con su arte, imitar la naturaleza; tal como los guaraníes, que con su lenguaje intentaban copiarla.

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