Periociudad (IV): El saber en fotos

Ella apagó la computadora de escritorio que estaba al lado de muchas otras máquinas similares. En su mochila dorada guardó un cuaderno grueso con huellas de antigua humedad. Se dirigió a la puerta para irse, puesto que ya había cumplido con su jornada laboral. La joven de 20 años trabajaba en el lugar desde hacía poco tiempo. Se despidió de sus compañeros de forma general, algunos de los cuales se quedaron hablando un rato más, y comenzó a salir. En eso estaba cuando una colega la llamó:

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Periociudad (III): Al rescate de la cultura y la vegetación de un barrio tradicional

Ella caminaba en el interior del edificio de un periódico. Era de noche. Comenzó a subir las escaleras sujetando el barandal y tanteando la pared porque no había luz. El miedo se comenzó a apoderar de ella pues no veía nada, aunque alcanzó a atisbar un destello en el piso donde estaba la sala de redacción. Al llegar, halló dos pequeñas luces amarillas que recorrían juntas el lugar oscuro. La periodista, de unos 20 años, se puso contenta. De repente, apareció en la puerta un hombre pelirrojo, demasiado alto, que llegó al medio de la sala en solo dos pasos. Le llevaba al menos una década de edad. Se aproximó a la chica, a la que le sobrevolaban esas pequeñas luces, que resultaron ser dos luciérnagas. En un frasco de vidrio, el mozo encerró a los insectos. La luminosidad de estos se desplegó en contrapicado sobre sus pequeños ojos verdes. Las sombras no cubrieron su sonrisa pero oscurecieron su frente.  

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Periociudad (II): “Debemos averiguar los orígenes para no dar todo por sentado”

En una gran sala, se oían cientos de dedos pulsando teclas de computadoras. El sonido se unía al ruido de las pisadas apresuradas de todos los días. Ahí estaba Rebeca, armando notas para las cuales iba adaptando los textos que tenía en la carpeta digital del día. Era lunes y se cumplía la primera semana que la muchacha, de 20 años, trabajaba en Periociudad, el único medio de la ciudad. Cuando necesitaba recurrir a sinónimos, lo hacía desde el diccionario que siempre llevaba en su mochila dorada. Varios colegas la habían observado extrañados por eso: ¿por qué no usaba el internet? También les llamaba la atención el hecho de que cada vez que realizaba entrevistas, ella, además de su grabadora, llevara un viejo cuaderno de hojas onduladas donde efectuaba breves anotaciones. “Una mujer tan joven perdiendo el tiempo así”, se decían.

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Periociudad (I): Un barco se tambaleó en el mar

Un largo tiempo pasó desde mi última publicación por aquí y mis redes sociales. En parte de ese tiempo, estuve trabajando en una serie de relatos que, en conjunto, se llaman Periociudad. Aquí les dejo el primero de ellos, llamado «Un barco se tambaleó en el mar». ¡Nos vemos pronto!

Valeria tenía un currículum vitae en la mano. Observaba la fotografía de 4 por 4 centímetros de una joven de 20 años, con ojos grandes, cabellos oscuros y una sonrisa leve. La imagen del rostro con forma de corazón le trajo a la memoria un artículo traducido de una agencia de noticias sobre robots femeninos realistas: siempre se nota el pequeño detalle que denota su diferencia respecto de los demás. Cuando la tuvo frente a sí en la entrevista, a la jefa de redacción le sorprendió el semblante sonriente, que parecía no enderezarse ni fruncirse con ninguna pregunta; tampoco se deshacía cuando le hablaba de las características que debía tener un periodista para ingresar y permanecer en la empresa Periociudad. De hecho, le pareció que en medio de sus iris marrones comenzaba a aparecer una suerte de halo dorado en cada uno, como si en sus ojos se hubiera hecho de día. ¡Qué locura! Luego, volvió a mirar el portafolio profesional de la aspirante, un compendio de tapas coloridas, compuesto por artículos hechos para otros medios de comunicación (ubicados fuera de la urbe, ya que Periociudad era el único medio de la ciudad), todos ordenados por fecha; y la contrató.

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LA NIÑA DE LA ARTESANÍA

Imagen de Pixabay

Camino por Itaembé Miní. El barrio urbanizado de Posadas todavía tiene vestigios de monte: árboles de eucaliptus en parcelas rojas cubiertas por pasto verde claro. Aún los trinos de los pájaros compiten con los chillidos de los automóviles. ¿Por cuánto tiempo más? Me muevo a duras penas hacia mi casa, no puedo respirar muy bien y tengo muchas ganas de ir al baño. ¡No puedo ni salir dos minutos que ya tengo que orinar! No sé cómo voy a llegar a los 40, si a los 30 estoy así. Para colmo, me transpiro en demasía apenas hago cuatro pasos afuera. Pero si me quedo tanto tiempo trabajando frente a la pantalla de la computadora, sufro. ¿Se puede tener sed, querer orinar y transpirarse a la vez durante una caminata obligada? Yo puedo.

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VELOCIDAD

Fuente de la imagen: Pixabay

Un día, me desperté y tuve que renunciar a entender a la gente. Mientras yo hablaba como era habitual en mí, llenando cada espacio de cinco minutos con una gran cantidad de palabras (inspirando, empleando muletillas, repitiendo todo), las personas comenzaron a vivir rápidamente. Esto las llevó a hablar igual de veloz, y en esa misma cantidad de tiempo propalaban el doble de palabras, tan presurosas, que sus voces parecían de ratones de películas animadas.

Por las calles y avenidas, la multitud pasaba como hormigas a la velocidad de la luz. Quería obtener una prueba y me dispuse a fotografiarla. Y a las fotos, ¿qué les pasó? Salían borrosas. Estampidas pisaban a quienes no podían seguir el ritmo. A mí no porque yo miraba todo desde la vereda. Allí también había otros observadores, pero con la diferencia de que, desde su lugar, podían igualar los movimientos de los corredores mientras los estudiaban. Incluso, había quienes a ratos eran corredores y a ratos, analizadores. Y había quienes, como yo, solo podían hacer una tarea: observar. Y encima la hacían mal porque no se querían involucrar en la novedad.

Era insoportable: todos se iban volando. ¿A dónde irían así? Yo no podía. Y tampoco puedo. Yo, lo único que puedo hacer, es quedarme y seguir sus rutas, tratar de comprenderlos y caminar detrás de ellos para llegar varios años más tarde.

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¡Buen día, queridos seguidores! Después de tanto tiempo, regreso con una novedad no tan reciente… Una recopilación de los cinco cuentos y relatos que fui publicando por aquí sobre la pandemia. Para ser más precisa, estas historias están basadas en mis vivencias durante la cuarentena del 2020 y que recién este año he podido dimensionar.

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RADIOGRAFÍA

Imagen extraída de Pixabay

Se asusta el doctor cuando le realizo las consabidas consultas. “Vamos a hacer una radiografía de tórax”, me dice. Entonces, me asusto yo al pensar qué caro me saldría. Luego de pagar el estudio a la secretaria, que resulta ser barato, me dirijo en colectivo al otro nosocomio donde realizan dicho tipo de imágenes médicas. El cubrebocas azul me queda grande y tengo que tocarlo todo el tiempo para acomodarlo en mi rostro. Está húmedo; es que afuera comenzó a llover y yo apenas le presté atención, tan sumida en la pena me hallo.

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NO HAY PEOR SUFRIENTE

Imagen tomada de Pixabay

Ella es lo negativo con ribetes de sonrisas. Es enfermedad con asomos de salud. Es ganas de fastidiarme la vida pero con miedo de que me queje. Su odio aumenta cuando no digo nada, y ella tampoco puede quejarse de la no queja. (Le dirían loca). Es comentarios indirectos que lanza, con tan mala suerte, que los siento como papeles que ella me arroja y no como las piedras que quiere que sean.

¿Qué misterio la cubre? ¿Qué enigma envuelve sus ojos? Ojos que sufren, pero a los que todavía les queda espacio para “ojear”, para maldecir.

Ella, con sus micromaldades, me pide ayuda. Reclama mi presencia, pero cuando estoy, se esconde. Y me miente, pero yo nunca voy a dejar de creerle. Ella sufre, pero no quiere dejarlo.

Ella se irá nuevamente. Pero siempre retornarán los ecos de su sufrir en mis pesadillas, donde aparecerá angustiada, adolorida… desvanecida. Donde mis palabras son solamente un eco.

No hay peor sufriente que el que se queja, no quiere ser ayudado y se enoja si logra la empatía.

DESEMPOLVAR

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Imagen: Pixabay

   Un grupo de personas ingresa a esta casa después de mucho tiempo de desaparecido. Se trata de sus antiguos habitantes. Me ven y yo, al mirarlos, me pongo en su lugar y capto lo que están viendo y pensando. Muchas cosas tiradas en el piso. Objetos que en su momento fueron importantes, de calidad, valiosos; pero que ahora no se usan. Hay de todo; y se nota que ha pasado el tiempo porque sobre ellos se acuestan gruesas capas de polvo. Sigue leyendo