NO HAY PEOR SUFRIENTE

Imagen tomada de Pixabay

Ella es lo negativo con ribetes de sonrisas. Es enfermedad con asomos de salud. Es ganas de fastidiarme la vida pero con miedo de que me queje. Su odio aumenta cuando no digo nada, y ella tampoco puede quejarse de la no queja. (Le dirían loca). Es comentarios indirectos que lanza, con tan mala suerte, que los siento como papeles que ella me arroja y no como las piedras que quiere que sean.

¿Qué misterio la cubre? ¿Qué enigma envuelve sus ojos? Ojos que sufren, pero a los que todavía les queda espacio para “ojear”, para maldecir.

Ella, con sus micromaldades, me pide ayuda. Reclama mi presencia, pero cuando estoy, se esconde. Y me miente, pero yo nunca voy a dejar de creerle. Ella sufre, pero no quiere dejarlo.

Ella se irá nuevamente. Pero siempre retornarán los ecos de su sufrir en mis pesadillas, donde aparecerá angustiada, adolorida… desvanecida. Donde mis palabras son solamente un eco.

No hay peor sufriente que el que se queja, no quiere ser ayudado y se enoja si logra la empatía.